Poemas y relatos del, por, para … el tejo

escritos, relatos, refranes, cuentos, poemas …

La poesía de los árboles: comentario por Ángel Pascual Prieto

Os dejo aquí el comentario que ha realizado Ángel Pascual de esta preciosa recopilación de poemas realizada por Ignacio Abella con ilustraciones de Leticia Ruifernández.

La poesía de los árboles. Antología universal de poemas de los árboles y el bosque. Selección de Ignacio Abella e ilustraciones de Leticia Ruifernández. Editorial de Urueña S.L., Castilla tradicional, con la colaboración de la Fundación Comillas. 1a edición: Octubre de 2011.

Los bosques de la poesía: árboles de la palabra, la luz y el color.

El vertiginoso camino de la abstracción creciente, en que se haya sumergido el ser humano, pasa por el signo que representa y atraviesa por el símbolo que sustituye. Es un camino de muerte que lleva del ser a la nada. Un camino que ha de detenerse por fuerza en la rígida cristalización conceptual. En la dureza de la sal y el brillo seductor del diamante. pero también en la frialdad esperanzada del agua helada. Ellos son la última frontera del invierno de la vida.

Este es un viaje para el ser humano desde lo indiferenciado hacia el aislamiento de la identidad individualista del yo. Desde el aislamiento de este yo a la multiplicidad del ser, y del descubrimiento provisional de los otros no-yo, que son luego percibidos como otros yo. Y desde esta multiplicidad confusa y plural hacia la Unidad. Es un viaje de vida y de muerte.

Así también el camino que va del árbol al libro es en cierto sentido un camino de muerte y sólo el camino que regresa del libro al árbol, es un camino de vida. El hombre regresa al árbol cuando se busca y busca activamente al otro, y lo acompaña en su camino y descubre que es también el suyo. El hombre es el árbol pero el árbol no es el hombre. Sin embargo maravillosamente el encuentro se produce. Hombre y árbol, árbol y hombre participan del soplo de la vida, son expresiones del aliento común del Todo que los anima. Así el libro y el árbol, el árbol y el libro devienen a la vez en encuentro, cruz y encrucijada de caminos, como lo son en el hombre mismo.

En La poesía de los árboles, poesía y pintura, texto e imagen, establecen un diálogo de concordancias siempre enriquecedor, aunque a veces ligeramente divergente. La mirada se encuentra primero en la imagen y con su complicidad esta va generando un espacio sentimental acogedor y tierno, que arropa la percepción atenta del sentir y del pensar más intuitivo. Después se desliza suavemente sobre el texto y es movida a la reflexión meditativa y animada a la introspección sentimental, hasta fecundar y fructificar en una nueva re-lectura de la imagen primera.

La selección de textos de Ignacio Abella propone un viaje en el que bosque y árbol transmigran por el río de la lengua en una cascada de impresiones, sensaciones y significados que se derrama por entre un lecho compuesto de diversas almas y cuerpos. Sólo al final todos estos personajes se nos revelan como un sólo verso. Árbol y bosque son: memoria, premonición, vida, sensualidad, causa, efecto, centro, espejo, continuidad, inmortalidad, indiferencia, impasibilidad, contención, paz, soledad, compañía, descanso, lentitud, sabiduría, comprensión, amistad, libertad, encuentro, testimonio, belleza, verdad, renovación, esperanza, resistencia, olvido, ausencia, encuentro, ascensión, fantasía, ensueño, magia, poder, origen, paraíso, felicidad, ancianidad, juventud, presencia, reflexión, transitoriedad, entereza, dignidad, enajenación, canción, unidad…

La pintura de Leticia Ruifernández se revela simultánea y sucesivamente: translúcida, musical, sorda, caligráfica, delicada, intimista, contenida, complaciente, bella, simple, ambigua, leve… Es una pintura poblada de ausencias delicadas y presencias sublimes, inquietantes y sugerentes. Una sentida polifonía de colores o de escogidos acordes monó-cromos, a veces nebulosa, imprecisa y cándidamente infantil, pero siempre cordial, conmovedora, inmediata y franca. Leer el resto de esta entrada »

Llegan los Reyes Magos …

Los Reyes Magos han traído a este blog de poemas el resultado de la adivinanza que dejamos la semana pasada:

La solución del enigma

para el final te la dejo,

a ver si aumenta la estima

que tuvieras por el TEJO;

y , como lo que hay encima

de tu casa en la cubierta,

me dicen por femenina

                                                                                                el recio nombre de TEJA.

Dar las gracias al autor por permitirnos compartir este poema-adivinanza.

Adivinanza

Para finalizar el año, nuestro amigo Pepe, nos envía un poema-adivinanza. La solución la traerán los Reyes Magos. Un saludo para todos los que visitan este blog y los mejores deseos para el año que comienza dentro de muy poco.

A)A veces soy centenario,

cuando me dejan crecer

y por tiempos milenarios

he vivido por doquier;

fui de los celtas reclamo,

donde cada atardecer

a mi sombra se juntaron

para trabajo y placer;

desde los pueblos arcanos

transmitieron su querer

al noble pueblo asturiano

al gallego y al leonés…

B) Lo mismo que yo me llamo,

usan para proteger

de las casas los techados

por si pudiera llover:

entonces son colorados

mis adornos de mujer;

 en cambio, cuando soy macho,

no me verás florecer…

LAMENTO

 

¿Conocéis la blanca tumba

donde flota con sonido lastimero

la sombra de un tejo?

Sobre el tejo, una pálida paloma,

triste y sola, en el crepúsculo,

canta su canto.

Un aire enfermizo y tierno,

encantador y fatal al mismo tiempo,

que os hace daño,

y que por siempre quisierais oír,

un aire como los que a los cielos lanza

el ángel enamorado.

Diríase que el alma despierta

bajo tierra llora al unísono

de la canción,

y de dolor por verse olvidada

muy dulcemente con un arrullo

se queja.

En las alas de la música

se siente volver lentamente

un recuerdo;

una sombra de angelical forma

pasa en un rayo trémulo,

cual blanca vela.

Los dondiegos, semicerrados,

sueltan su perfume dulce y débil

a vuestro alrededor,

y el fantasma de blandas posturas

murmura y a la vez os tiende los brazos:

¿volverás?

¿Oh, nunca más hasta la tumba

iré, cuando la noche hace caer

su negro manto,

a escuchar a la pálida paloma

cantar sobre la rama del tejo

su lastimero canto!

 

Poema de  THÉOPHILE GAUTIER (Traducción: Mauro Armiño) que nos envió José García Velázquez, al que agradecemos la aportación.

 

Amanecer con tejo

Este es un poema de Jordi Doce de su poemario, Diálogo en la sombra (1997), que nos envió Ángel Pascual.

Fantasía bajo el tejo

Este es un poema, que envió nuestro amigo Ángel Pascual y que Pepe hizo para este blog. Desde aquí gracias a los dos, uno por avisar y el otro por escribirlo.

El tejo que se hizo viejo

Hace tiempo que este blog no tenía entradas, pero esta semana estamos de suerte. Ayer un poema y hoy otro; en este caso está en un blog,

En el Pazo de Libunca,
un año que queda lejos,
emprendimos singladura
con los amigos gallegos.

Por símbolo de amistad,
en el jardín hubo un tejo
donde pudimos clavar
una placa con esfuerzo.

Con el paso de los años,
el árbol se quedó seco
y tuvieron que arrancarlo
tan pronto como pudieron.

La placa sí que perdura
y enmarcada la pondremos
donde recuerde segura
a aquellos que ya se fueron:

como los árboles mueren,
como murió nuestro tejo,
también lo caduco puede
con los años ir muriendo.

Así algunos de nosotros
disfrutan ya el gozo eterno
desde donde miran todo
lo que seguimos haciendo.

En otros la enfermedad
irá dañando su cuerpo,
pero no podrá dañar
el amor que le tenemos.

Solo puede perdurar
lo que ha nacido en el tiempo
mientras dure la amistad
y el amor no se haga viejo.

Ferrol, 3 de agosto de 2008

poema de J. Delaviñ

Míralo bien

Pedro Trapiello, en el Diario de León:

El pasmo vegetal de estos montes y de la Europa toda se llama tejo, el abuelísimo de todos los árboles. Hasta cuatro mil años llega a vivir esa catedral enramada si se lo permite el hacha o el fuego; de todo lo demás ya se defiende él a las mil maravillas: al sol le reta, del hielo se mofa, el tiempo ignora y no quiere ver demasiado cerca a sus hijos, así que le pone trampa a su semilla, que sólo puede germinar si ácidos gástricos le corroen el blindaje, es decir, que necesariamente ha de comérserla algún bicho o pájaro para perder la camisa en sus tripas y así cagarla bien lejos, que no siempre, pues también hace bosquete, tejedo, teixido, teijeira; si dejara que las semillas le nacieran justo al lado, los hijos le comerían por las patas, como les comen los ojos a los que crían cuervos. Sólo el tejo solitario aspira a cumplir milenios. Listo el tío. Y se tira al monte y a lo abrupto o le ponen de plantón a velar atrios y cementerios donde, por estar a sus anchas, también suele medrar arbolando el moño, pinando la figura o, a falta de laurel, perdiendo cuerpo en los ramoneos benditos del día de Ramos.

Lo que más me fascina del tejo es que, al cumplir algunos siglos, amorcilla y retuerce los pliegues de su tronco hasta parecer una gavilla de boas. Qué dibujos. Qué arbol. Y qué madera veteada (cocida en cal, pasa por ébano).

Debería estar muy penado que los talen, los quemen o los pisoteen porque el puto tendido tenía que pasar por allí. Los poquísimos que quedan son los últimos de estas filipinas perdidas. Ahora les urbanizan poniéndoles a desfilar como setos pirulones o les dan rincón en un chalet, como al mastín, que es gente tan de montaña como ese tejo original que sólo resiste encastillado en puertos, brañas o peñas calvas donde sólo el rayo pueda alcanzarle, pues de lo demás poco se fía (como para fiarse; todos los tejos que hubo a mano en las montañas leonesas se fueron talando desde hace siglos para quemarlos en fraguas y cocinas porque su brasa era antracita… o para agenciarse vigas, mangos, cruces o chavetas… pobre tejo).

Y ahora que ya te presenté a mi amigo, mañana te presento aquí a otro que nos llevará a verlos de verdad.

 

a un tejo del Estena

Amarillas las hojas,
relámpagos húmedos,
dura suavidad,
No hay prisa.

Muy quedo nos mira,
desde su atalaya,
el tronco retorcido,
agradece la visita,
su gran voz muda,
nos invita a pasar,
a estas soledades,
de cuarcitas y agua.

Antonio F. Morcuende

aun tejo d

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